Llegó a su casa azotando la puerta, entró al baño corriendo llena de lágrimas, el maquillaje corrido, los ojos rojos debido al llanto, sentía el corazón latir violentamente, la respiración se agitaba tratando de recuperar un ritmo más sano.

No quería verse en el espejo, no se atrevía, se sentó en el piso del baño con las manos en sus orejas, cerrando los ojos aunque lo único que pudiera ver eran visiones borrosas que no podía procesar. Por un momento la claridad se apoderó de su momento y su respiración fue profunda, sintiendo como el aire llenaba los pulmones y cada vez que exhalaba se liberaba tensión.

Abrió la regadera y comenzó a desnudarse, el cambio de la temperatura  le erizó la piel, su ropa la dejó en la tapa del escusado  y desnuda se metió bajo el chorro de agua, la temperatura no era tan extrema así que no se incomodó además de que en el estado de shock que estaba amortiguo los cambios bruscos.

Se quedó parada, sintiendo el agua corriendo su cuerpo y el agua se tiño de morado, se diluía en sus pies llegando a la coladera, después de un minuto viéndolo ayudó al agua a sacar el color de su cabello, seguía llorando aunque ya no se notaba por el agua que le caía en la cara.

Su cabello comenzaba a ser dominado por su color natural un blanco platinado que ya había pasado unos tonos el color rubio, desde que era niña no había dejado salir al cabello blanco, lo que estaba haciendo como lo que hizo ya no se podía cambiar no importa que lo intentara sería inútil, ella se había quebrado.

Cerró la llave de la regadera, tomó su toalla y salió rodeada de ella, dejó su ropa en el baño, salió a su habitación descalza, mojada, dejando un rastro de gotas de agua hacia su cama, volteó al espejo de su tocador y se quedó unos momentos contemplándose, su cara se veía con más luz, su cabello la hacía sentir y parecer otra persona.

Algunos segundos los dedicó para sentirse otra persona aunque luego venían los recuerdos a atormentarla le costaba trabajo mantener su propia mirada en el espejo, se le notaban más las pecas y el maquillaje de los ojos había desaparecido y dejaba al descubierto sus ojeras, sus ojos claros y sus pestañas sin rizar.

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Se vistió un poco diferente a lo que siempre lo hacía y es que en ese momento parecía que se había muerto una parte de ella, una parte importante. Dejar ir el color era algo más que estética y ahora era más visible que nunca, después de vivir en las sombras casi toda su vida. Seguía luchando contra los recuerdos, las heridas la negación pero ese era el precio que debía de pagar si quería seguir avanzando.

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Para dejar todo atrás significaba dejarse a ella también, debía ir ligera así que prendió su computadora, abrió Office 365 y comenzó a escribir la carta de despedida dirigida a su otra vida.